Allá por los sesentas yo cursaba mi bachillerato en el Colegio Nacional Nº 9, General Justo José de Urquiza, en Buenos Aires. Un año vino un ingeniero joven con un permiso especial del Ministerio de Educación. Consistía en la autorización para abandonar el programa vigente de estudios, seguir temas a su elección y enseñar mediante experimentos realizados con aparatos construidos por los alumnos. Basaba el método en el libro "Enseñando Física Mediante Experimentos", editado por la Editorial Universitaria de Buenos Aires.
Aunque no todos se entusiasmaron, la mayoría de los integrantes de la división nos entretuvimos mucho fabricando instrumentos con nuestros Mecanos y otras cosas baratas. Para estudiar momento de una fuerza recuerdo que las unidades de medida eran monedas de un mismo valor, a manera de pesas.
Un día nos propuso un experimento bastante extraño: consistía en encerrar en una caja algunos objetos desconocidos por los experimentadores y la consigna era tratar de deducir qué había adentro. Todo estaba permitido, menos abrirla. Es de imaginar que unos jovencitos de quince o dieciséis años no tendrían medios muy poderosos para investigar: ni refinadas técnicas, ni demasiada matemática. Pero lo importante no consistía en los resultados que se pudieran obtener, sino en la comprensión de la naturaleza del trabajo. Cuando él lo creyó oportuno nos dijo: "Así se trabaja en física nuclear".
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