Tengo dos cuentas de correo electrónico y, en una de ellas, hay una firma que dice: "Cuando te enfrentas a lo desconocido juegas con negras". Siempre que te halles frente a lo que no conoces esa ignorancia hará que te defiendas de las jugadas que la situación imponga.
En realidad, la frase no es mía. Es una modificación de otra que leí en "El Retorno de los Brujos", de Louis Pawells y J. Bergier: "Cuando te enfrentas con lo desconocido es lo desconocido quien está a cargo".
¿Es así? Casi siempre.
En la segunda mitad del siglo veinte ocurrió un accidente de aviación en Estados Unidos de América. Una formación de aviones de combate se estrelló contra una montaña. Como estaban en plena guerra fría, lo primero que consideraron fue un sabotaje. La exhaustiva investigación dio por tierra con esa hipótesis; ningún sabotaje había en esos aviones. Después analizaron una posible falla de diseño, ya que los aviones eran de reciente fabricación. Tampoco. Ya sin saber qué había ocurrido ni qué hacer, alguien cayó en la cuenta de que un radar a bordo parpadeaba en la frecuencia de saturación del nervio óptico; los pilotos se dormían. El fenómeno había sido descrito por el afamado neurofisiólogo inglés Gray Walter, pero los ingenieros electrónicos lo ignoraban.
Cuando comenzó a usarse la electrónica al servicio de la cirugía, la ignorancia cobró más vidas. Para cualquier ingeniero electrónico de entonces una corriente parásita de diez microamperios era totalmente despreciable. A nivel de piel, la corriente mínima que produce fibrilación es de ochenta miliamperios. En una operación de corazón, ocho microamperios resultan fatales.
También las corrientes parásitas causaron explosiones dentro de los cuerpos de desafortunados pacientes. Se usaba una anestesia a base de nitroglicerina y las corrientes de pérdidas la hacían estallar. Esa anestesia dejó de usarse.
Hoy día los quirófanos son diseñados por ingenieros especializados. La instalación eléctrica sigue una geometría especial con la que se pretende reducir a la mínima expresión esas corrientes parásitas. Se estudia las capacidades distribuidas y se usan todas las medidas necesarias para que los parásitos no pasen de cierto límite. En todos los quirófanos modernos hay aparatos que analizan el estado eléctrico del recinto y, si viola un umbral prefijado, suena una alarma. El cirujano cambia de protocolo y, una vez terminada la operación, el lugar es clausurado hasta que un equipo de especialistas ubique y corrija el problema.
Pero todo esto vino como consecuencia de situaciones penosas y después de responder a la pregunta: "¿Qué pasó?".
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