La ciencia no es una vaca sagrada.

La ciencia no es una vaca sagrada.

"Cuando un científico de bata blanca [...] se pronuncia de cara al público, puede que no le entiendan, pero, eso sí, le creerán. [...] Se cuestionará y criticará al estadista, al industrial, al ministro religioso, al líder cívico y al filósofo, pero nunca al científico. Son seres exaltados al pináculo más alto del prestigio popular, porque tienen el monopolio de una fórmula -‘se ha demostrado científicamente...’- que, una vez expresada, excluye por completo toda posibilidad de desacuerdo".

Anthony Standen (Science Is a Sacred Cow)

Este blog tiene por objeto quitar el carácter sagrado que muchos quieren imponerle a la ciencia.

No se trata de no darle valor, sino de ubicarla en el lugar que le corresponde, ni más ni menos. Hasta donde me sea posible señalaré sus vicios ocultos, lo que hay debajo del maquillaje, sus debilidades, pero también sus aciertos y virtudes.

Como decía el Principito: "es un poco vanidosa, pero es mi rosa".

sábado, 3 de agosto de 2024

¿Por qué no puede ser válida la Teoría de la Evolución de las Espe

 

Es aceptado por todos que los seres vivos son estructuras altamente complejas y ordenadas. Nadie discute que son arreglos inmensamente improbables.

Cuando los científicos calculan la probabilidad de que ciertos fenómenos ocurran por ciego azar, se manejan cifras “astronómicas” como una posibilidad a favor entre 10 elevado a la cuadragésima potencia de casos posibles o de una posibilidad a favor entre 10 elevado a la centésima potencia de casos posibles. El número diez elevado a la cuadragésima potencia, es 10 multiplicado cuarenta veces por sí mismo; o sea, un uno seguido de cuarenta ceros. De la misma forma, diez a la centésima potencia es un uno seguido de cien ceros; más o menos 33.333 billones (33.333 millones de millones) de veces más grande que  la cantidad de todas las estrellas que, se estima,  hay en el universo. Los que defienden la teoría de que, si se permite esperar el tiempo suficiente, un día acontecerá lo altamente improbable, no conocen dos principios de física que impiden que eso se produzca.

Para los procesos inanimados, se cumple un principio que los físicos llaman “de mínima acción”. La acción es igual al producto de energía por tiempo. El principio enuncia que todo proceso inerte se realizará por un camino que insuma la menor cantidad de energía por tiempo. Esto es lo mismo que decir con un gasto mínimo de energía.

El “segundo principio de termodinámica” es el otro factor que interviene en este análisis. Su formulación estadística dice: “Un estado más probable sigue a uno menos probable”. Dicho así, podría resultar difícil de comprender su significado, pero se volverá sencillo considerando un castillo de naipes.



Este es un castillo de 26 naipes. Todos sabemos lo que cuesta levantarlo: mucha paciencia, buena vista, mejor pulso y todo el tiempo necesario.

Ahora bien, si yo pretendiera arrojar los naipes al aire y que las cartas cayeran ordenadas en forma de castillo, todos se burlarían de mí. Por el segundo principio de la termodinámica esto es imposible, porque hay muchísimos más estados desordenados que el que pretendo que suceda. Siempre será más probable que las cartas caigan de manera caótica. Además, las cartas desparramadas sobre el piso o una mesa tienen menos energía que las cartas puestas como castillo. Como es un proceso inerte, el resultado será el que consuma menos energía. Aquí entra, además, el principio de mínima acción.

 

Los que están interesados en que estos fenómenos tan improbables hayan ocurrido por azar ciego, tratan de hacer creer a todos que en un período suficientemente largo (cientos o miles de millones de años) al fin ocurrirían.

Pero, si pudiera repetir el acto durante diez horas al día por mil millones de años, ¿sería posible que alguna vez ocurriera “el milagro” de que se formara el castillo?

No. Porque para que exista orden, debe haber un ordenador.

Cuando construimos el castillo invertimos tiempo y energía y, además, la voluntad de un ser inteligente capaz de ordenar las cartas según un propósito.

Por el principio de mínima acción, los objetos carentes de vida siguen procesos de mínima energía por tiempo. No pueden  ordenarse a sí mismos ni a ninguna otra cosa. Los objetos inanimados no tienen planes, proyectos, propósitos, ni inteligencia, ni poder para hacer que lo inerte se organice en algo más que un montón de cosas desordenadas. Su casa no se limpia sola, ni se construye a sí misma, ni acomoda los muebles. Esas tareas están asignadas a seres inteligentes o a otros seres creados por una inteligencia.

Alguien tiene que ordenar el caos. Tiene que tener el propósito, el poder y la sabiduría para ordenar lo inerte.

Para que haya orden debe haber un ORDENADOR


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