Es aceptado
por todos que los seres vivos son estructuras altamente complejas y ordenadas.
Nadie discute que son arreglos inmensamente improbables.
Cuando los
científicos calculan la probabilidad de que ciertos fenómenos ocurran por ciego
azar, se manejan cifras “astronómicas” como una posibilidad a favor entre 10
elevado a la cuadragésima potencia de casos posibles o de una posibilidad a
favor entre 10 elevado a la centésima potencia de casos posibles. El número diez elevado a la cuadragésima potencia, es 10 multiplicado cuarenta veces por sí mismo; o sea, un uno seguido de cuarenta ceros. De la misma forma, diez a la centésima potencia es un uno seguido de cien ceros; más o menos 33.333 billones (33.333 millones de millones) de veces más grande que la cantidad de todas las estrellas que, se estima, hay en el universo. Los que
defienden la teoría de que, si se permite esperar el tiempo suficiente, un día
acontecerá lo altamente improbable, no conocen dos principios de física que
impiden que eso se produzca.
Para los procesos
inanimados, se cumple un principio que los físicos llaman “de mínima acción”.
La acción es igual al producto de energía por tiempo. El principio enuncia que
todo proceso inerte se realizará por un camino que insuma la menor cantidad de
energía por tiempo. Esto es lo mismo que decir con un gasto mínimo de energía.
El “segundo
principio de termodinámica” es el otro factor que interviene en este análisis.
Su formulación estadística dice: “Un estado más probable sigue a uno menos
probable”. Dicho así, podría resultar difícil de comprender su significado,
pero se volverá sencillo considerando un castillo de naipes.
Este es un
castillo de 26 naipes. Todos sabemos lo que cuesta levantarlo: mucha paciencia,
buena vista, mejor pulso y todo el tiempo necesario.
Ahora bien,
si yo pretendiera arrojar los naipes al aire y que las cartas cayeran ordenadas
en forma de castillo, todos se burlarían de mí. Por el segundo principio de la
termodinámica esto es imposible, porque hay muchísimos más estados desordenados
que el que pretendo que suceda. Siempre será más probable que las cartas caigan
de manera caótica. Además, las cartas desparramadas sobre el piso o una mesa
tienen menos energía que las cartas puestas como castillo. Como es un proceso
inerte, el resultado será el que consuma menos energía. Aquí entra, además, el
principio de mínima acción.
Los que están
interesados en que estos fenómenos tan improbables hayan ocurrido por azar
ciego, tratan de hacer creer a todos que en un período suficientemente largo (cientos
o miles de millones de años) al fin ocurrirían.
Pero, si
pudiera repetir el acto durante diez horas al día por mil millones de años,
¿sería posible que alguna vez ocurriera “el milagro” de que se formara el
castillo?
No. Porque
para que exista orden, debe haber un ordenador.
Cuando
construimos el castillo invertimos tiempo y energía y, además, la voluntad de
un ser inteligente capaz de ordenar las cartas según un propósito.
Por el
principio de mínima acción, los objetos carentes de vida siguen procesos de
mínima energía por tiempo. No pueden
ordenarse a sí mismos ni a ninguna otra cosa. Los objetos inanimados no
tienen planes, proyectos, propósitos, ni inteligencia, ni poder para hacer que
lo inerte se organice en algo más que un montón de cosas desordenadas. Su casa
no se limpia sola, ni se construye a sí misma, ni acomoda los muebles. Esas
tareas están asignadas a seres inteligentes o a otros seres creados por una
inteligencia.
Alguien tiene
que ordenar el caos. Tiene que tener el propósito,
el poder y la sabiduría para ordenar lo inerte.
Para que haya
orden debe haber un ORDENADOR.

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