Los mamíferos son una clase de animales que resulta muy variada en tamaños, aspectos y conductas de vida. Tenemos, por ejemplo, el más pequeño hámster, de 5 cm de longitud y 25 gramos de peso corporal, y una gigantesca ballena azul, de treinta metros y 70 toneladas. ¡Toda una variedad!
Una de las características de los mamíferos es que todos respiran con aliento y que tienden a mantener una temperatura uniforme en sus cuerpos (homeotermia). Según el tamaño de cada animal le será más o menos fácil mantener ese calor constante si la temperatura exterior varía. El calor fluye del cuerpo más caliente al menos caliente y se pierde (o gana) de tres formas diferentes a través de la superficie del animal, que es la que está en contacto con el medio ambiente. El volumen corporal ayuda a mantener el calor (dificulta su pérdida y favorece su almacenamiento). Los animales más pequeños tienen mucha superficie en relación a su volumen y consumen más energía que los más voluminosos para conservar su temperatura corporal. Esto significa que tendrán una frecuencia cardíaca mayor y que consumirán más alimento en relación a su peso. Hagamos un cálculo comparativo con un mismo animal, para evitar tener que saber cosas que ignoramos. Hay 19 especies conocidas de hámsteres, agrupadas en 7 géneros. En la más pequeña, el individuo adulto llega a los 5 cm de longitud y, en la más grande, hasta 17,5 cm. Tomemos a la más chica y supongamos que tenemos los conocimientos y el poder de hacer un animal idéntico, pero más grande. Hagamos un hámster de 50 cm de longitud; o sea, linealmente diez veces más grande, y que sea semejante al original. Esto significa que aumentamos diez veces todas sus medidas en todas las direcciones y que lo hacemos conservando todas las propiedades físico-químicas y su constitución orgánica y funcional invariantes. Un animal totalmente semejante al original, pero diez veces más grande en todas sus medidas lineales. Inmediatamente, sabemos que su superficie será cien veces mayor a la del hámster original, pero su volumen resultará mil veces superior, y su peso también. ¿Qué le sucedería al hámster más grande? Probablemente moriría “cocinado en su propia salsa”. El pequeño está diseñado para generar un suministro de energía suficiente para garantizar su supervivencia en su escala. Si tomamos como “1” a su relación superficie/volumen, el más grande tendrá una relación igual a 100/1000, o sea, una décima parte de la de su pariente menor, pero con un volumen mil veces mayor al original. Como lo hicimos funcionalmente idéntico, acumulará calor excesivamente y morirá.
Esto muestra que las comparaciones que suelen hacer algunos científicos “sensacionalistas” son insensatas. Por ejemplo: se dice que una pulga salta 200 veces la longitud de su cuerpo. Esto es cierto. Lo que carece de sentido es decir: “si fuera del tamaño de un hombre, saltaría a una altura de 340 metros”. Por lo menos, es de un sentido muy vago. Hay que ver si una pulga de 1,70 metros de altura tendría la capacidad de saltar tan alto y hasta de sobrevivir a su crecimiento (y a la caída). Cualquier aeromodelista sabe que un modelo a escala de un avión real no puede volar, si la escala es lo suficientemente reducida. Por eso, los modelos a escala de aviones reales muchas veces deben construirse con alas más anchas y largas que las que tiene el original; las fórmulas matemáticas que garantizan que un avión vuele varían con el tamaño y la velocidad.
Supongamos que un gorrión tiene una altura de 7 centímetros, que pesa 50 gramos y que sus alitas pueden elevar un peso de 140 gramos, o sea, los 50 gramos que pesa el gorrión y 90 gramos de carga (yo he visto a un gorrión luchar denodadamente para levantar un pan de cien gramos y no poder elevarse a más de 15 centímetros del suelo, hasta descender por agotamiento). Si hiciéramos un gorrión linealmente diez veces más grande, pesaría 50 kilogramos y sus alas tendrían la capacidad de elevar 14 kilogramos (la superficie de las alas es cien veces más grande). Ni siquiera podría volar. No sé cuánto pesa un gorrión, pero observe que si el peso real fuera de 20 gramos, todavía sus alas no serían capaces de levantarlo en vuelo si aumentáramos diez veces todas sus medidas lineales. Este tipo de problemas ya los estudió el grandioso Galileo Galilei (1564-1642).
Un equipo de científicos se dedicó a estudiar cómo variaba la frecuencia del pulso en función del tamaño de cada animal investigado y luego observaron cuánto duraba la vida de cada especie de mamíferos con relación a su frecuencia cardíaca.
Ya vimos que los más pequeños tienen frecuencias cardíacas más elevadas, porque necesitan compensar la mayor pérdida de calor que tienen los organismos de menor tamaño. Cuando volcaron en una gráfica las duraciones de las vidas de diferentes mamíferos en función de sus frecuencias cardíacas, se dieron cuenta de que el producto de las frecuencias cardíacas, en latidos por minuto, y la duración de la vida correspondiente, en minutos, tendían a dar un resultado constante. Esa cantidad era de 1.500 millones de latidos de su corazón. Dicho de otra forma, el producto frecuencia de latidos por duración de vida es constante. Por supuesto, no todos los organismos tienen el mismo tiempo de vida, 1.500 millones es una constante de orden de magnitud. Esto quiere decir que la duración de la vida de un organismo particular dependerá de muchos factores y será la que resulte, pero no estará muy lejos de esta cifra teórica. Observe que una variación de un millón y medio de latidos en el transcurso de la vida de un mamífero es el uno por mil de la constante teórica.
Volviendo al hámster de 5 cm de desarrollo máximo, en cautiverio vive 1-3 años. Los de 10 cm viven 2-3 años en las mismas condiciones. Si uno busca la frecuencia cardíaca de un hámster, dicen que es de 450 latidos por minuto. Considerando los minutos que hay en un año civil, haciendo el producto de latidos por minuto y la duración de un año en minutos, y dividiendo 1.500 millones por el producto obtenido, el resultado es de 6 años. Pero viven un máximo de 3 años. Para que vivieran de acuerdo a la ley empírica, sus latidos deberían ser de 950 por cada minuto. Sin embargo, he visto que los más grandes, en vida silvestre, sobreviven entre 7 y 8 años como máximo. Hay que considerar, entonces, que a las mascotas se las encierra en una pecera y la prisión estresa. El estrés aumenta la frecuencia cardíaca y, si es prolongado, causa daño al individuo, puede hasta matarlo. Esto se observa en las aves de corral. Es indudable que la vida es muy variada y compleja. Por ejemplo: la ballena azul tiene entre 25 y 37 latidos por minuto en superficie, cuando respira normalmente. Cuando bucea en apnea (conteniendo la respiración) sus latidos bajan a 2 por cada minuto. Es de esperar que con las ballenas la diferencia con la constante teórica sea mayor que la que exista con otras especies. Pero las cuentas dan bien para la mayoría de los mamíferos. La vida de un león es del orden de los cuarenta, cuarenta y tantos años, y concuerda bien con los cálculos.
Hay una sola excepción totalmente fuera de la ley matemática: el hombre.
Un ser humano adulto tiene una frecuencia cardíaca normal de 60 pulsos por minuto. Neil Armstrong llegó a los 150 en condiciones extremas de ansiedad y estrés. Con sesenta pulsos, el hombre debería vivir 47 años y medio. En nuestro país el promedio de vida actual está en los 77 años. El ser humano puede llegar a vivir hasta 120-122 años, aunque muy pocos lo logran. Pero, con excepción de países muy pobres, es común que encontremos personas de 80-85 años. Sin embargo, esto no es todo.
La capacidad cerebral es muy superior a lo que se requeriría para una vida de 80-85 años. Venimos con equipo sobredimensionado para lo que dura una vida humana. ¿Qué tiene esto de particular?
Los procesos físico-químicos de la materia inerte se rigen por el principio de mínima acción. La acción es el producto de energía y tiempo. Todo ocurre con el mínimo gasto de energía posible. En cambio, los procesos de la vida no verifican ese principio general de la física. Las estructuras complejas y tan ordenadas de la vida requieren un gasto de energía mayor al que ocurre con lo no animado. Pero la vida ahorra materia. El principio que rige a la vida es que no importa demasiado cuánta energía consuma para mantenerla, sino que la materia usada sea la mínima en cada circunstancia.
Que tengamos un cerebro más capaz de lo que necesitamos en la duración actual de la vida humana es una transgresión mucho más grave y significativa que vivamos unos años más. No conozco el fundamento, pero leí que para poder usar la capacidad de nuestro cerebro de manera cabal, deberíamos ir a la escuela 100 años. Evidentemente, habría mucha deserción en los últimos años y, si nos recibiéramos, tampoco podríamos aprovechar lo aprendido por más de un exiguo tiempo.
La ciencia se calla la boca y algunos hombres de fe se atreven a decir que el hombre no fue creado para morir. La evidencia biológica parece dar la razón a los últimos.
Pero, ¿no es que la humanidad viene enfermando, envejeciendo y muriendo desde el principio de los tiempos? Sí, es cierto. Pero... (Véalo en el blog de teología)
No hay comentarios:
Publicar un comentario