La eliminación de la viruela fue saludada como un gran triunfo científico. Hasta ahora se ha intentado hacer lo mismo con otras enfermedades, pero no han podido erradicarlas completamente del mundo.
Pese a que ya no hay viruela en el planeta, tres grandes potencias conservaron muestras del virus en laboratorios de alta seguridad (esto oficialmente, por lo menos). Una muestra en el laboratorio de alta seguridad en Atlanta, Georgia (E.U.A.), otra en Moscú (hoy en Novosibirk) y la última en Londres. Para mí no está muy clara la razón de correr semejante riesgo. El virus no es necesario para fabricar vacunas, pues hay bacterias modificadas genéticamente que sirven para ello. Aunque se registrara un ataque biológico, sería posible fabricar vacunas con las bacterias y ellas no contagian.
Actualmente no hay personas inmunes a la viruela en todo el mundo, excepto, quizás, por algunos investigadores y personal auxiliar que podrían seguir estando vacunados. Aún quienes alguna vez fuimos vacunados hemos perdido, no solo la inmunidad, sino también la memoria inmunológica contra el agente infeccioso.
En previsión de un ataque biológico, Estados Unidos de América mantuvo un stock de cuatro millones de vacunas, muchas de ellas con destinatario previamente determinado. Después del supuesto ataque terrorista del 11 de septiembre, la presión popular hizo que el gobierno de E.U.A. se comprometiera a mantener una existencia de vacunas suficiente para todos los ciudadanos estadounidenses.
Un incidente ocurrido en Londres en 1978 da cuenta del peligro que corremos todos. Janet Parker, una fotógrafa que trabajaba para la Escuela de Medicina de la Universidad de Birmingham se contagió de viruela y falleció el 11 de septiembre, mientras estaba en cuarentena. La madre, Hilda Witcom, sufrió la enfermedad, pero sobrevivió. Sin embargo, el padre de Janet falleció de un infarto mientras estaba aislado. Al parecer, el virus, que estaba siendo investigado en otro sector del edificio, se filtró por los ductos de ventilación. El investigador, Henry Bedson, se suicidó mientras estaba en cuarentena. La reacción de los organismos ingleses fue rápida y efectiva. Aislaron a 260 personas y evitaron una epidemia. Como consecuencia de esto, el gobierno inglés destruyó sus muestras y confió su seguridad a Estados Unidos de América.
En 1970 también se registró el primer contagio humano de la viruela de los monos (también conocida como viruela del simio o símica) en territorio africano. El virus efectuó el salto entre especies, pero no se ha tenido ninguna novedad importante al respecto. Se sabe que hubo unos 8 ó 9 mil casos en África y unos pocos en el Reino Unido, debidos a inmigrantes africanos o turistas que visitaron los países afectados, pero la evolución de la enfermedad no es tan grave como en el caso de la viruela humana. La mortalidad está entre el 1% y el 10% y no quedan secuelas de cuidado.
Pero hay dos cosas que sí son preocupantes: una es una nueva amenaza derivada del calentamiento global. El permafrost se está descongelando y es muy posible que contenga virus de viruela humana. Hace un tiempo un cazador se contagió ántrax o carbunclo al tener contacto con el cadáver de un hombre que llevaba mil años congelado en el permafrost siberiano y que había quedado al descubierto por el calentamiento mundial que estamos experimentando. Con el descongelamiento, estos virus podrían empezar a circular y no quiero imaginar qué pasaría si se generara una pandemia. ¿Cuánto tiempo llevaría fabricar siete mil doscientos millones de vacunas? ¿Se imagina quiénes serán los que llegarán tarde al reparto? La segunda amenaza importante proviene de que se ha creado un virus quimérico HPXV y que la misma tecnología permitiría sintetizar el virus “erradicado”. Si esta tecnología, o sus productos, cayeran en manos de psicópatas no subordinados al sistema mundial, los resultados podrían ser aterradores.
En la Antártida se han extraído muestras de agua y suelo cubiertos por hielos de gran espesor. En alguna muestra hallaron virus muy antiguos que hoy no circulan por el mundo, uno de ellos de mayor tamaño que el de la viruela. Se ignora todo respecto a esos virus muy antiguos. Hay cierta seguridad, debido a la profundidad a la que se encuentran y a la idoneidad de las personas que conservan y estudian las muestras. Pero, ¿quién hubiera imaginado que el permafrost se descongelaría y que en él podrían existir muestras libres del virus de la viruela humana?
El hombre es inherentemente ignorante, no importa cuántos diplomas se acumulen sobre los hombros de algunos científicos encumbrados. Francamente, hubiese sido mejor seguir vacunándonos contra la viruela y no rezar para que a un loco no se le ocurra atacar al mundo biológicamente o que la ignorancia y la avaricia comercial calienten el suelo de Siberia y dos terceras partes de la humanidad sucumban ante un virus perdido por ahí hace milenios.
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