La ciencia no es una vaca sagrada.

La ciencia no es una vaca sagrada.

"Cuando un científico de bata blanca [...] se pronuncia de cara al público, puede que no le entiendan, pero, eso sí, le creerán. [...] Se cuestionará y criticará al estadista, al industrial, al ministro religioso, al líder cívico y al filósofo, pero nunca al científico. Son seres exaltados al pináculo más alto del prestigio popular, porque tienen el monopolio de una fórmula -‘se ha demostrado científicamente...’- que, una vez expresada, excluye por completo toda posibilidad de desacuerdo".

Anthony Standen (Science Is a Sacred Cow)

Este blog tiene por objeto quitar el carácter sagrado que muchos quieren imponerle a la ciencia.

No se trata de no darle valor, sino de ubicarla en el lugar que le corresponde, ni más ni menos. Hasta donde me sea posible señalaré sus vicios ocultos, lo que hay debajo del maquillaje, sus debilidades, pero también sus aciertos y virtudes.

Como decía el Principito: "es un poco vanidosa, pero es mi rosa".

lunes, 12 de mayo de 2014

No hay verdades comprobadas/pero hay mentiras evidentes

El poema de Omar no pierde vigencia. Hay mentiras evidentes.

Una de ellas es que el hombre actual vive más que el hombre histórico y gracias a la ciencia. Es muy fácil demostrar que no es así. Veamos:

La Biblia es un libro muy antiguo que ha probado una y otra vez tener exactitud histórica. Sus detractores han quedado en ridículo por el solo hecho de dejar que el tiempo y los hallazgos arqueológicos demuestren cada vez que el Libro no mentía.

Según la cronología bíblica, esta biblioteca sagrada comenzó a ser escrita por el profeta Moisés mil seiscientos diez años antes de nuestra era. Pero sus detractores dicen que Moisés nunca existió y que el Pentateuco y otros escritos atribuidos a Moisés fueron confeccionados por un conjunto de sabios judíos cinco siglos antes de nuestra era común. Asumamos que esto es cierto; tomemos por verdadero el punto de vista de los enemigos del Libro. Ni ellos pueden negar que tiene unos dos mil quinientos años de antigüedad.

Pues bien, ¿qué dice acerca de la duración de la vida del hombre?

«En sí mismos los días de nuestros años son setenta años;
y si debido a poderío especial son ochenta años,
sin embargo su insistencia está en penoso afán y cosas perjudiciales;
porque tiene que pasar rápidamente, y volamos.»



(Salmos 90 :10 - Traducción del Nuevo Mundo de las Sagradas Escrituras)

«Nuestra vida dura apenas setenta años,
y ochenta, si tenemos más vigor;
en su mayor parte son fatiga y miseria,
porque pasan pronto, y nosotros nos vamos.»

(El Libro del Pueblo de Dios. La Biblia - traducción de los Presbíteros Armando J. Levoratti y Alfredo B. Trusso, más colaboradores, Católica, autorizada por Raúl Francisco Cardenal Primatesta)

El promedio de vida actual se halla en los setenta y cinco años, aproximadamente (en Argentina es de 77 años para los varones). Al parecer, no es muy diferente a la duración de la vida humana en el Oriente Medio hace dos mil quinientos años.

Pero, ¿no es que en otras épocas el hombre vivió menos?

Sí, es cierto. Pero no porque el ser humano no pudiera vivir más, sino porque la estupidez humana hizo que viviera menos.

En la Edad Media, por ejemplo, la gente vivía en ciudades de calles estrechas y sucias. Era común que los excrementos fueran arrojados por la ventana a la calle. A esto le sumamos la superstición ignorante de creer que los gatos eran maléficos y amigos de las brujas. Resultado: peste bubónica. Una cuarta parte de la población de Europa murió  por ser enemiga del jabón y de las buenas costumbres; costumbres que, por otra parte, estaban claramente señaladas en la Biblia (Enterrar los excrementos lejos de las fuentes de agua, lavarse las manos, etc., etc. Sin embargo, los científicos no se lavaron las manos hasta después de Pasteur, y no sin resistencia)

Durante la Revolución Industrial, muchos campesinos abandonaron sus tierras para ir a trabajar a las ciudades. En Inglaterra se hacinaban en las grandes ciudades y trabajaban todo el día por una paga exigua. A tal punto, que había orfanatos de niños que tenían a ambos padres trabajando por su propia comida y sin posibilidad de alimentar a sus proles. Nuevamente, el stress, la mala alimentación, el hacinamiento, cobraban sus víctimas. ¿A quién le importaba?

Parece que algunos comprendieron que era mejor dar un poco más de atención a la clase obrera. Al fin de cuentas era  una pieza esencial en el proceso productivo. Lentamente pusieron al alcance de los más pobres ciertos medios que les hicieron la vida un poco menos pesada. El promedio volvió a subir, pero no porque hubiese un progreso científico, sino un replanteamiento más lúcido del egoísmo de los poderosos. El hombre solo, sin ciencia, y con menos egoísmo, vivía lo mismo.

¿Y hoy?

Hay un límite infranqueable en los ciento veinte años (vea, por favor, Génesis 6:3). No importa qué dietas se sigan, ni qué remedios se usen. Ni siquiera de la paz con que viva. Los telómeros ponen ese límite. Y no podrá franquearse hasta que se sepa cómo modificar ese statu quo.

No sé si los científicos tendrían la capacidad de pasar ese límite en un futuro más o menos próximo, pero, aunque la tuvieran, no llegarán a tiempo. Además, no tiene mucho sentido si "en su mayor parte son fatiga y miseria" Los seres humanos podrán vivir por tiempo indefinido y con salud como una dádiva divina inmerecida hacia quienes ejerzan fe en Dios y su Hijo, en el Reino por el que han rezado  millones de personas sin entender de qué se trata.